Siempre habrá Royes y Benedettis que lleguen a medrar con tantos otros de su linaje. Y hasta podrían aprovecharse de la mala memoria de los pueblos cuando se les echa el discurso de los redentores del pueblo oprimido. Clic para tuitear
El domingo próximo, ante un mundo estupefacto pero impotente, un sujeto ignorante, sin sentimientos, buen bailador de salsa y tropicales según se ha visto, quien transitó muchas carreteras manejando un camión y después un bus, que ese era su oficio de méritos, alto, de espeso bigote, un tanto folklórico y de quien dicen que nació en Cúcuta pero él no lo reconoce, con una maniobra “política” redomada y fullera, hará elegir un “nuevo congreso” en Venezuela que habitará en su propio bolsillo, preparando otra elección principal de presidente de la República para su propia e insaciable ambición. Su segundo a bordo, tan desfachatado como él, llamado Diosdado Cabello, ha proclamado sin ninguna vergüenza: “El que no vote no come”. Es decir, el que no vote por esos intereses fementidos no tiene comida.
El sujeto que desprecia la democracia inspirado en los dogmas y enseñanzas del mamertismo internacional se llama Nicolás Maduro Moros -cuidado que !hay moros en la costa!-. Ese personaje, que asumió el poder de ese desgraciado país desde 2003, según el último informe de la comisión permanente de derechos humanos de la OEA, ha cometido 18.000 ejecuciones extrajudiciales, más cientos de casos de tortura y arrasó con la economía más boyante en materia de hidrocarburos del planeta. Al mismo tiempo dejó arruinar la mayor hidroeléctrica del mundo y ahora se turna entre la oscuridad y un alumbrado escaso mezclado con tinieblas.
Desde el punto de vista de la economía, que él desconoce por su supina ignorancia, derrumbó la riqueza y cayó en una inflación que bate records en el mundo moderno. Pero además, como si esto fuere poco, es canalla y no solo mata y persigue con un grupo de criminales reclutado a propósito, a quienes él mismo llama los “colectivos” -palabra que les encanta a los mamertos-, sino que nada siente en su interior cuando un millón y medio de venezolanos deben abandonar su país e irse por las carreteras de los vecinos, caminando con sus hijos en busca de un lugar mejor, que no podrán encontrar, donde puedan comer y vivir.
Nada, me parece, inspira más dolor que ver ese espectáculo ambulante de quien debe abandonar su patria “como alguien que abandona su campo sin querer”, según reza el poema “La renuncia” del gran poeta, así mismo venezolano, Andres Eloy Blanco. Y el canalla, cuando sus compatriotas después de recorrer varios países a pié sin encontrar un sitio donde reclinar su cabeza y sentarse a comer con su familia sin el tormento de saber que el mundo se cierra a sus esperanzas humildes de paz y tranquilidad, cuando intentan frustrados el regreso, les cierra las fronteras como si él fuere el dueño de la casa grande que libertó Bolívar. !Canalla, mil veces canalla!”.
Todo este sufrimiento comenzó cuando el teniente coronel Hugo Chaves Frías levantó banderas populistas y adoptó las tácticas comunistas para, después de un golpe de estado fallido -como el de Fidel Castro- logró a base de un populismo barato apropiarse del Estado para no soltarlo sino con la muerte; y aun más allá, proyectar su imagen como la del dios Maradona, en un culto a la personalidad propio de los marxistas-leninistas.
Así alcanzó casi que lo imposible: arruinar una economía en alza y progresista para dejarla reducida a la mayor miseria, mientras los jerarcas del régimen se han enriquecido más allá de la imaginación de alguien. Son además narcotraficantes y se han robado el oro con grandes y pesados lingotes que producía el subsuelo del hermano país.
Chaves comenzó el despilfarro. Él era el nuevo rico, portador del mensaje mesiánico. Desbordó auxilios para la Bolivia de Evo Morales, la argentina de los Kirschner, la Cuba de su padre ideológico Fidel Castro, para centroamérica y para otro dictadorcito, lambón con él como Daniel Ortega en Nicaragua, quien no tuvo inhibiciones para violar a la hija mayor de su mujer, hoy su vicepresidente. Ésta permitió el crimen y abandonó a su hija, quien anda refugiada en la Florida contando su historia malhadada. Ah, eso y mucho más es el comunismo disfrazado, que ahora tratan de imponernos en Colombia con el señor Petro, el negociante de los grandes fajos de billetes -remember los videos- y la costosa importación de chatarras en su alcaldía como carros para el servicio de aseo de Bogotá.
Siempre habrá Royes y Benedettis que lleguen a medrar con tantos otros de su linaje. Y hasta podrían aprovecharse de la mala memoria de los pueblos cuando se les echa el discurso veintijuliero de los redentores del pueblo oprimido, en un país que tiene un gobierno democrático que les permite todos estos juegos de avalorios y de engaños. La fabla de los mentirosos que describe Jorge Zalamea en el “Sueño de la Escalinatas”. Mienten, cargan el odio disfrazado dizque de agentes de la paz. Los enemigos somos los demás, según ellos, en un maniqueísmo repugnante.





