Un gobierno de sesenta años

Armando Barona M.

El comunismo desdice de la libertad, Lo que se impone es la fuerza y la brutalidad, no el pensamiento democrático que utilizan como defensores de los derechos humanos. Clic para tuitearUn buen rato se tomó en el poder el señor Raúl Castro, igual que su hermano Fidel. Mejor dicho, ambos se tomaron el curso de la vida, sin alegar nada en contra, primero del nepotismo y segundo de la rotación en el poder que plantea la democracia desde los tiempos de su padre Pericles, en la antigua Grecia. 

Hicieron en la Sierra Maestra un grupo armado que ganó fácil contra la corrupción de Fulgencio Batista, hablaron de la limpieza del poder y su rotación y cambio, engañaron al mundo y cuando menos se esperaba, abrieron varios «paredones» en la vieja casona de La Cabaña, a la orilla de aquel mar bullicioso de la isla; y bajo el embrujo de una dictadura, se convirtieron en la primera nación comunista de América, dirigida desde el Kremlin. 

Fue a partir de allí cuando Cuba, alegre y festiva, pasó a ser un espacio de pobreza, con la única circulación de los carros de los años cincuenta y las casas otrora hermosas del Caribe de una de las ciudades más bellas del mundo, convertidas en tumbas derrumbándose en su propia miseria. 

Allí reinaron desde entonces, Fidel hasta momentos antes de su fallecimiento, que era el de los discursos, y Raúl el duro, encargado de los trabajos sucios de ese comunismo que estrangulaba -aun ahora- el pensamiento ajeno y el derecho a la iniciativa económica. Pobreza era y es la regla en esa sociedad sumisa. En realidad para los comunistas el individuo importa nada y lo único que cuenta, dicen, es la colectividad. Jamás llegaron a aceptar lo que los últimos congresos del partido en Rusia habían ya reconocido: los hombres y sus capacidades intelectuales son diferentes. Unos nacen con talento y otros sin él. Y en esos congresos se determinó que a cada cual había que darle «según sus capacidades», a diferencia de una fase «comunista utópica», en la que a cada cual debía «dársele según sus necesidades». 

En esa Cuba de ensueño, la moneda es una estafa. Su valor real es insignificante según el mercado. Pero arbitrariamente la tienen marcada con un cambio ladrón. Una vez hablé con Leonardo Padura, el autor de «El hombre que amaba los perros» -el asesino de Trotski-, con gran éxito en el mercado literario. ¿Cómo haces para vivir en Cuba y recibir las regalías de tus libros?, pregunté. Me contestó: «Recibo las regalías que les da la gana darme, al cambio oficial». Es decir, que Padura vive en Cuba de «conchudo».

Fueron los Castro los que impulsaron aquello que entonces llamaron «la exportación de la revolución» y apoyaron inicialmente al ELN y después a las Farc. Cuba fue la fuente de todo el comunismo de América Latina y hasta intentaron meterse al África en Angola. No obstante, le hicieron la vida imposible al Ché Guevara, al que forzaron a marchar en busca de la muerte a Bolivia. Gabo inicialmente era partidario de ese comunismo; que después terminó quedando solamente de amigo personal de Fidel, ante el cual adelantó con éxito algunas gestiones humanitarias.

El comunismo desdice de la libertad, Lo que se impone es la fuerza y la brutalidad, no el pensamiento democrático que utilizan como defensores de los derechos humanos, pero son los autores de la violencia que consideran su deber en la búsqueda de la revolución. Los muertos son necesarios y los buscan a sabiendas de que éstos hablan con su sangre. Y son ellos los que matan atribuyéndole el crimen a los enemigos. Hábiles en la dialéctica y el acomodamiento. Son maestros del acomodo y se acomodan. Como camaleones buscan el camuflaje y están cubriendo todos los frentes. Son ellos los que han declarado la guerra de guerrillas y los que secuestran y asesinan, porque eso lo reclama la revolución. Y en vez de presentar una alternativa de poder que emule con los contrarios, los hacen desaparecer de escena y se quedan con una libido de dominio insaciable. 

Eso lo proclaman los sesenta años de mando de Raúl Castro y los setenta de Fidel. Y las tres generaciones de los miembros de la dinastía Kim de Corea del Norte, Y los chinos; y lo que fueron los comunistas rusos durante otros setenta años, caídos finalmente, pero recobrado en el poder -que es lo que importa- por un hombre que nunca ríe y fue director de la siniestra policía soviética KGB, llamado Putin. Éste ha salido después de veinticinco años, para otros treinta en el poder. 

!Dios mío!, ¿cómo puede la ambición de un ser humano llegar a tanto.

Bueno, piensen compatriotas que uno de esos personajes está ganando las encuestas. Le gusta el dinero y el gobierno. Y que Dios nos tenga de su mano.

Armando Barona Mesa
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Abogado de la Universidad del Cauca, historiador, periodista de opinión, ensayista y poeta. Senador de la República y embajador en Polonia, en las Naciones Unidas y en varios foros mundiales. En la actualidad, Vicepresidente de la Academia de Historia del Valle del Cauca y columnista de la revistas Épocas y Cali-Viva.