Intentando entender la polémica surgida en Colombia en los últimos días frente a la expresión “gente de bien”, hice un flash back para recordar cuando fue la primera vez que escuché esa construcción idiomática, ejercicio que obligatoriamente me devolvió a mi niñez y la época en que mi mamá nos daba un disimulado pellizco, para que nadie lo notara, pero señal inequívoca que habíamos hecho algo que debía ser reprobado, anunciando además que en casa recibiríamos algo más que un simple pellizco.
Tras dejar nuestra patria chica, en las estribaciones de la cordillera Central, el pujante y hermoso corregimiento de La Moralia preFarc, nos instalamos en el tradicional barrio Victoria de Tuluá. En aquella época muy pocos jóvenes se parchaban en las equinas, era mal visto, asociado al incipiente consumo de yerba, una costumbre altamente reprobada por la sociedad, incluso en aquel barrio de estrato tres.
Podíamos jugar los tradicionales picaditos de futbolito en la calle hasta justo antes de las 10 de la noche, en punto, hora establecida para regresar a casa, pero jamás parchar con los marihuaneros de las esquinas, “Ustedes son gente de bien”, decía mi madre, “pobres pero honrados y sin vicios”, repetía, en ese tono de sargento que conserva hasta nuestros días.
Para la señora Alba Ruth, hija de un campesino pastuso que se instaló en La Moralia al llegar del departamento de Nariño, y de una paisa caldense de ojos verdes, ser “gente de bien” era y sigue siendo, no robar, no hacerle mal a nadie y no andar con vicios contrarios a las buenas costumbres, de ahí que esa expresión jamás estuvo asociada a un tema de clase.
Nunca imaginé que, en la actualidad, en ese afán que tienen algunos por generar un odio de clases y una estigmatización hacia las personas que no comparten sus pensamientos e ideología, esa frase que nos repitieron hasta el cansancio en nuestra formación se convertiría en una afrenta, algo de lo que nos tuviéramos que avergonzar.
De mi niñez, es decir, a la edad de los 12 años, recuerdo que fui voceador de prensa, vendí chispitas mariposa en las afueras del Ley, mientras otros niños estaban en sus hogares disfrutando de la quema de los volcanes y otros fuegos artificiales. Al terminar el colegio, después de llegar del Ejército obtuve mi primer trabajo formal como botones en el Hotel Juan María. Después de tres meses, y aunque me indicaron que me iban a hacer contrato indefinido, renuncié y me fui a Bogotá a buscar mi sueño de ser periodista; llevaba conmigo una pequeña maleta con ropa calentana y 70 mil pesos en efectivo, que había ahorrado con mi trabajo en el hotel.
En la capital del país trabajé un año como operario en la empresa Berol Prismacolor, vestido de overol y marcando tarjeta, experiencia que me indicó a qué lugar no quería pertenecer, y como el salario escasamente me alcanzaba para subsistir, me empleé de 6:00 de la tarde a 11:00 de la noche como empacador en la empresa Servientrega. Solo aguanté cinco meses con los dos trabajos, tiempo suficiente para ahorrar el dinero que me permitió amoblar un pequeño apartamento y así sentirme menos miserable.
Al salir de Prismacolor terminé trabajando como vendedor en San Andresito de la 38 en Bogotá, allí conocí a don Bernardo Jaramillo, un cliente paisa que me dio la oportunidad de ingresar a trabajar al diario El Tiempo. En el periódico debí laborar de 5:00 p.m. a 1:00 de la mañana para poder estudiar periodismo en el día, al graduarme realicé estudios en gerencia de la Telecomunicaciones. Varios años después, también con créditos bancarios, adelanté mi especialización en Derecho Constitucional.
He seguido estudiando y entre mis pasatiempos y hobbies está comprar libros, leer y escribir, y llevo 20 años viviendo del periodismo, con un intervalo en el que además fui propietario de un bar de rock, labor que intercalaba con mis clases como profesor en una universidad y las columnas de opinión en un diario regional. Hace seis años me dedico además a las asesorías en comunicación pública y organizacional.
Jamás me he olvidado de donde vengo, ni que desde muy pequeño me enseñaron que éramos “gente de bien, pobres pero honrados y sin vicios”, o por lo menos eso nos decían doña Alba y don Santiago Posada Posada, ese paisa que despreciaba la educación porque él tenía como principio de vida que los hombres habían nacido era para trabajar.
No soy oligarca, ni burócrata ni me creo aristócrata como el famoso expresidente de Anapoima, no soy clase alta ni nada que se le parezca, pero me siento orgulloso de ser “gente de bien” y no me voy a disculpar por ello, hacerlo sería traccionar la educación que me dieron mis viejos.




