La situación política y social en Colombia devastada por la epidemia, por guerras visibles o a veces olvidadas en la mayoría de los casos de carácter dramático tiene elementos de preocupación con momentos de confusión y abundante rumorología, las intrigas y el derrotismo acomodaticio incompatibles con la seriedad y el rigor que debieran suponerse y aún de disgusto, en parte por la indiferencia y una notable incoherencia de un gobierno que se muestra excesivamente generoso con un denominado Comité de Paro – con su codicia, su megalomanía y su incapacidad – que ataca a los adversarios políticos, amenaza y propicia la opresión violenta. Resulta políticamente, intelectualmente y moralmente indefendible la violencia, la brutalidad y los ataques contra la población inocente ante el resto del mundo; no defendamos lo indefendible. ¿Se saca algún fruto de una violencia así? No, y no depende del cristal con que se mire. Si tomamos como punto de partida los bloqueos, la hambruna, los conflictos y los problemas relacionados con el Covid – 19 a los que Colombia se enfrenta, innegablemente, hay una gran distancia entre los grupos de matones, vándalos y fanáticos y el pueblo soberano, entre el gobierno los empresarios y la sociedad civil pero creo que tampoco podía esperarse que fuera otra la intención del Comité. El resultado ha sido el golpe de Estado permanente y tanto malestar social, vaciar de contenido un sistema jurídico que funcionaba, personas desarraigadas, personas desesperadas y la vil manipulación política. El objetivo es el socialismo y el aumento de los precios, la pobreza crónica de gran parte de su población, la destrucción de su agricultura, su ganadería, su artesanado, su economía en los que la situación ha empeorado dramáticamente, medicamentos, enseñanza ni de un alojamiento seguro. Con el comunismo donde los derechos humanos son violados a gran escala, el balance siempre es el mismo, la misma trilogía, la solución final o milagrosa: la miseria, las epidemias, las matanzas. Una vez más debo expresar mi decepción por la lentitud de las decisiones que se han tomado hasta el momento y la falta de autoridad del gobierno a altos niveles políticos (por ejemplo, a nivel de presidente) y una gran nueva burocracia inactiva respecto de la actuación de grupos armados constituyen un grupo de riesgos esenciales y creo, si me permiten utilizar el tópico, que ‘la historia no nos esperará’ ni tampoco lo harán nuestros interlocutores internacionales.
A mí no me convence el actual esquema según el cual los interlocutores del paro plantean sus reivindicaciones para resolver sus propios problemas, ante lo cual los interlocutores del gobierno conceden en parte tal ayuda y poco más; es muy triste que una sociedad civil autónoma y responsable no pudiera hacer una aportación mayor. Piden al gobierno que respeten los principios democráticos, pero perpetúan sus métodos antidemocráticos e incursiones violentas y periódicas contra sus poblaciones. Esto me parece vergonzoso y absolutamente indefendible desde el punto de vista del debate en curso sobre la paz. No cabe duda de que los numerosos contactos formales e informales a los que ha dado lugar las llamadas negociaciones o diálogo político – o simplemente de trasplantar nuestros esquemas políticos – han sido inútiles y sus conclusiones no han podido ser más raquíticas. Este gesto jactancioso y de hecho muy poco sólido no ayuda, de hecho, a arreglar las cosas. Me pregunto sinceramente si se puede hablar de un diálogo como operación de cosmética cuando la sociedad civil está desterrada ni están invitados a participar en ella. El gobierno carece de firmeza y ha sucumbido ante la exigencia de los “dictadores” de no admitir a la sociedad civil, apresuradamente, sin asumir responsabilidades. Términos como democracia e interés del pueblo ciertamente hubieran resultado mucho más creíbles si ese pueblo de hecho hubiera estado representado. Y nadie entenderá nada de las relaciones con el pueblo soberano, si no entiende que pueblo soberano, en primer lugar, existe, tiene una opinión y una idea sobre los asuntos. Y también señalo la atención de sus Señorías que, en nuestra calidad de ciudadanos, tenemos que seguir denunciando públicamente estas jugadas nacionales en solitario y exigir responsabilidades con mayor firmeza al gobierno. Incoherente es andar por el mundo predicando el buen gobierno, la democracia y el Estado de Derecho e ignorar en la práctica a la constitución indispensable para la realización de estos postulados. Para nosotros, esta es una situación indefendible en Europa, no se puede justificar esta clase de violencia y esta pérdida de vidas humanas, que destruyen la estructura misma de un país y empuja oleadas de emigrantes. Una vez más, es necesario, como ya hemos dicho, que la presidencia y los políticos den muestras de coherencia entre las declaraciones y la práctica. Mientras vacilamos, mientras tergiversamos, mientras debatimos, la que se muere es Colombia. ¿Qué otras señales necesita la presidencia para suspender toda cooperación con el llamado comité de paro? El gobierno ha de darse cuenta de que sin una posición firme y autoridad su seguridad y desarrollo se quedará en agua de borrajas. El gobierno no puede tolerar que los señores del paro, que carecen de toda legitimidad democrática, le creen sentimientos de culpabilidad y sólo podemos recomendarles encarecidamente que persigan estas actuaciones punibles. Va siendo hora de que se inviertan los papeles y de que la presidencia llame la atención de los dictadores golpistas sobre su propia responsabilidad. También esto forma parte, a mi parecer, del buen gobierno al que se han comprometido Duque. Los señores de comité de paro y sus aliados, la mayor parte de los cuales sólo se representan a sí mismos, obviamente piensan de forma diferente y yo les retaría a que encontrasen una explicación para una postura que considero totalmente indefendible en términos de la ley y de la moralidad y ésta es una razón más para intervenir. Con la indefendible «Operación Primera Línea, la izquierda radical y esos movimientos regresivos están destruyendo vías de transporte, hambreando miles de familias en los suburbios pobres y obstaculizando una mejor asistencia sanitaria o mejoras de la producción agrícola. Y, además, es necesario que los miembros del Comité dejen de mentir. Colombia está perdiendo esas generaciones que necesita para construir su futuro, está cayendo cada vez más profundamente en la pobreza masiva y cada día está más marginada de la corriente predominante de avances en los ámbitos económico y democrático. En efecto, ¿cómo quieren que un país que ve morir a sus empresas a causa de la violencia y los bloqueos pueda abrigar esperanzas de conseguir una economía floreciente?. Por ello, como un pez silenciado en un acuario en el que van a apagarse las luces, afirmó que se trata de un acto vergonzoso, innecesario y políticamente indefendible. Es misión nuestra canalizar nuestros esfuerzos para revertir esta inaceptable situación, ya que no hacerlo resultaría injustificable pero queda mucho por hacer para convertir las palabras en realidad. Espero que el apoyo no se haga esperar, porque no tenemos tiempo que perder. Colombia necesita de una buena gestión presupuestaria que vaya acompañada de una buena política social, una buena política en materia de enseñanza y una buena asistencia sanitaria. Hemos de respaldar lo positivo, pero atrevámonos también a desaprobar lo negativo. Apoyemos a los buenos líderes y a los buenos gobiernos, pero no respaldemos a los dictadores, a los malos gestores y a los países altamente corruptos. También hay que acabar con las políticas de asistencia, que equivalen a dar un pescado –como dice el proverbio– a quienes viven a la orilla del río en lugar de ayudarlos a fabricar cañas de pescar. El resultado es que nunca hay bastante pescado y siempre hay gente que se pelea por las espinas. Se debe imponer una nueva política, basada en la prevención de conflictos, el rechazo de las imposiciones y apoyar sin reservas a los demócratas. A la larga, sólo podremos tener éxitos si nos fijamos, no en lo que nos separa, sino en lo que nos une. Amen





