Señor Presidente, me pregunto qué habrían pensado los padres fundadores, los visionarios de Colombia, sobre el momento de tragedia nacional en el que estamos y qué habrían pensado de su presidencia. Pienso que no creerían que el momento que estamos viviendo fuera real, porque, dejando atrás una Colombia dividida en luchas fratricidas, esta tragedia sanciona la guerra en nuestro país, debilita la Constitución y marca un punto de no retorno y, empaña la imagen de Colombia en la esfera internacional. La guerra ha comenzado y hemos entrado en la fase más peligrosa de nuestra historia reciente para el destino de la república, como un estado democrático moderno, basado en el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales. Ello significa que en este momento la presidencia y su gobierno no están aplicando los medios necesarios y, por tanto, creemos que debería redoblar sus esfuerzos para conseguir que, en efecto, termine este fenómeno de la desestabilizacion democratica y el rápido deterioro de la situación en materia de seguridad, por sus consecuencias, tanto para la propia Colombia como para el destino de los ciudadanos afectados. Los acontecimientos de los últimos días, en los que las personas se han encontrado impotentes ante fuerzas oscuras que la democracia no les ha preparado para afrontar, demuestran que es absolutamente necesario que se tomen medidas en el ámbito nacional e internacional, sin que las fronteras nacionales sean obstáculo para ello. Se trata de una obligación patriótica que imponen la unidad y la integridad territorial de la madre patria y la necesidad de preservar su soberanía; toda constitución es un compromiso. Unirse para hacer que se respeten es un deber sagrado frente a un enemigo común de la democracia que monta guardia permanente (el superterrorismo y los que lo apoyan), despiadado y odioso.
La presidencia es la respuesta racional y moderna de Colombia a los retos del terrorismo del siglo XXI, del totalitarismo y las dictaduras. Esta presidencia nuestra debe conseguir al mismo tiempo –y así lo establece esta Constitución– cumplir sus obligaciones en el ámbito social y garantizar la protección de la persona y de todos los ciudadanos ante los peligros que existen en este pais dividido. En momentos como éste, un presidente debe ser capaz de adaptar los valores que decimos defender a una visión del mundo futuro, así como de convencer a los ciudadanos de que merece la pena luchar por estos valores. El valor de la presidencia es el de desterrar las ambigüedades percibidas, reafirmar los valores democráticos y conseguir que el público tenga mayor conciencia de los peligros y las consecuencias de los totalitarismos. La utilización de modelos y el elogio a las virtudes sirviendo de brújula en la lucha por la libertad y la democracia pero al mismo tiempo, reconstruir la autoridad jurídica del Estado y el monopolio legítimo de la fuerza pública – con mandatos realistas y enérgicos que incluyan reglas claras de enfrentamiento, un acto que, entre otras cosas, ayudaría a garantizar que la presidencia adquiera la fama de ser una institución que salvaguarda derechos universalmente reconocidos. Una presidencia que apuesta, también, por un determinado sistema económico: un sistema capitalista con dimensión social, un proyecto de civilización común asentado en la herencia cultural y humanista y en los valores de la libertad y de la dignidad humana. Colombia no se puede construir sin valores claros, liberales y sociales, sin normas sólidas y una fuerte democracia. Pero Colombia no puede funcionar tampoco sin un liderazgo fuerte. Debemos colaborar si queremos superar este desafío. Jean Monnet, el primer Ciudadano Honorario de Europa, dijo en una ocasión que nada es posible sin la gente, y que nada dura sin instituciones, y esa frase es perfectamente aplicable a la actualidad. Si no tenemos valores, que son la base de todo, y si esos valores no se expresan en las instituciones que los encarnan, es imposible ponerlos en práctica. Lo que eso significa para nosotros es que necesitamos un Presidente fuerte con una vocación noble y patriotica legitimada por su elección, que sea un símbolo de la democracia y que debe actuar anticipando correctamente las nuevas realidades y las nuevas exigencias del mantenimiento de la paz y la seguridad. La presidencia Duque, basada en un conjunto de valores comunes, debe asumir su responsabilidad individual y colectiva en este tema. Es la presidencia como tal la que debe estar representada en la comunidad internacional. Esa es la forma de recuperar el interés del electorado por el gobierno. El electorado, además de ser soberano, es también el único que no tiene faltas o responsabilidades morales y, por lo tanto, no puede ser víctima de maniobras contrarias al espíritu y la sustancia de la democracia. No se puede olvidar que la primera regla de moralidad política en una democracia es cuando se respeta el voto popular, a las grandes masas de votantes. Hoy necesitamos tanto voluntad como método para no decepcionar las expectativas legítimas de la opinión pública, en particular en términos de mejora de justicia y paz de nuestro pueblo. Las lagunas y escollos de esta presidencia no son pocos y es comprensible el creciente desapego con respecto al gobierno que experimentan muchos ciudadanos, asociaciones y movimientos políticamente cercanos a nosotros, que ven una presidencia que todavía no consigue responder a sus preocupaciones y ser un sujeto político plenamente capaz de actuar a favor de un pais mejor y menos injusto. Negar esta realidad, es en nuestra opinión inoportuno. Confiamos en que la Presidencia sea capaz de superar la división de nuestro pais por el comunismo y que sepa afrontar a la opresión, el terror y la pérdida de la dignidad de las personas. Solo el triunfo sobre la opresión comunista totalitaria y la estabilización de la democracia, será nuestra base común para un futuro democrático y digno en una comunidad social con responsabilidad social y prosperidad económica. Señor Presidente, salvar la democracia por la que combatieron los antepasados ha sido una tarea de mucha gente a lo largo de muchos años, llamados muchas veces utópicos o soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, que no abandonaron los sueños en medio de los retos y complejidades, como también lo ha sido el Presidente Uribe. Alguien recordaba como voy a recordar hoy también, a un Miguel de Cervantes desengañado de la vida en sus últimos días, que decía que había ocasiones en que había que optar por ser camino o por ser posada. Hoy distamos de haber encontrado el camino democrático justo para Colombia, propio en el momento en que el pais estaba empezando a crecer económicamente y a encontrar un nuevo camino en el plano político y democrático. No obstante, la ratificación de la presidencia es una oportunidad para debatir el tipo de Colombia que queremos. Una presidencia necesita valores y principios: el Estado de Derecho, la democracia, la subsidiaridad y la solidaridad. Casi tan importantes como los procedimientos son los valores que nos unen, puesto que si no somos conscientes de los valores, no tendremos cimientos sobre los que construir la acción política. Un paso que, si bien presenta muchas carencias, no tiene alternativas en el contexto político e institucional actual. Amen





