El remezón derivado del despido (retiro) del presidente y director de la revista semana Alejandro Santos Rubiano, y Ricardo Calderón, respectivamente, y la renuncia de otros periodistas tras el anuncio de que Vicky Dávila asumiría la dirección editorial, desnuda la honda crisis que atraviesan los grandes medios en el mundo.
Más allá de que nos guste o no el estilo de periodismo que representa Vicky Dávila y dejando a un lado las pasiones que se ventilan en las redes, es preciso ahondar en el fondo de una problemática que no es exclusiva de Colombia, como lo dejó expuesto el reciente cubrimiento de los medios durante la elección presidencial en los Estados Unidos de América.
Si bien, los grandes medios afrontan una grave crisis derivada de la pérdida de credibilidad, desbordados por la irrupción abrupta de las redes sociales y su incapacidad para adaptarse a esta nueva realidad, lo cierto es que el factor determinante es la dificultad para encontrar modelos económicos y financieros que les permitan seguir existiendo, conservando su independencia.
Para nadie es un secreto que los medios subsisten de la pauta publicitaria, y ese no ha sido un problema por sí mismo, el verdadero declive se presentó cuando los anunciantes migraron a otros canales, dejando a los medios tradicionales sin esa entrada pluralista, que les permitía incluso rechazar anunciantes que quisieran condicionar su publicidad a cambio de incidir en el contenido.
Esta nueva realidad fue entendida rápidamente por todos los actores políticos, dado que las familias políticas poderosas del país conocían el negocio porque poseían sus propios medios, solo que los nuevos caciques descubrieron además que no era necesario montar un medio propio con los altos costos que ello demanda, optando por coaptarlos vía pauta oficial, cuando están en el poder o pequeños incentivos durante cada campaña. Algo que hizo con solvencia Juan Manuel Santos y que hace muy bien en el Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro.
Los empresarios que saben sacar dividendos de las crisis pronto entendieron que los dueños de la información son los dueños del poder, y con sus grandes capitales procedieron a comprar importantes medios con dificultades de caja, creando el contubernio que hoy presenciamos, donde medios y periodistas quedaron sometidos al vaivén de los intereses de conglomerados económicos y castas políticas.
Al tiempo se fueron posicionando grandes figuras mediáticas con sus propias fanaticadas y capacidad de influencia en sus públicos, gracias a una muy bien desarrollada estrategia de marketing, que explotó inteligentemente esa constante aspiracional del colombiano, que vive en una búsqueda permanente de pertenecer a una clase superior sin importar lo ligero que resultaran sus espacios, ya que para entrar en ese círculo solo había que seguir a los periodistas top, llegando incluso a rogar para que no les colgaran después de largos minutos de espera en la línea.
Estas rimbombantes figuras mediáticas se posicionaron en un olimpo sagrado creado por ellos mismos, que empezó a mover y facturar miles de millones pesos, descubriendo que no solo los medios podían contratar con los anunciantes, sino que siendo ellos quienes estaban al frente de los espacios podían sacar partida económica, en nombre propio, de sus parejas o familiares, convirtiéndose además de periodistas en empresarios.
Surgió una nueva franja burguesa, esta vez en los medios de comunicación, clase social que no solo mira con desdén a los llamados carga ladrillos sino al grueso de la sociedad, esa masa desinformada e inculta que necesita de su guía para poder entender los avatares de su mundo, una realidad compleja y cambiante que solo ellos les podían explicar, con sus varios idiomas y su visión cosmopolita.
Mientras la plata fluyó a borbotones todos siguieron adelante, como si nada, aun siendo conscientes del daño tan grande que este modelo le estaba haciendo al ejercicio periodístico como baluarte de la democracia, pero una vez se cierra el chorro se presentan estos remezones que buscan alinear las cargas hacia donde más convenga, sin que se vislumbre una salida definitiva para la terrible encrucijada que padece la Prensa Libre.
Es evidente que los cambios en la revista Semana están condicionados por pujas políticas e ideológicas, pero el fondo de esta “crisis” como la de El Tiempo, y las constantes crisis de El Espectador, o la prácticamente desaparición de Noticias Uno, y las de centenares de medios en el país, están signadas por la incapacidad de los medios tradicionales para encontrar otras fuentes de financiación.
Mientras ello no ocurra los medios y periodistas continuarán secuestrados por diversos intereses que los alejarán cada día más de su razón de ser: la búsqueda de la verdad y encarnar con altura el ‘Cuarto Poder’, respondiendo a principios de veracidad, equilibrio y responsabilidad, evitando así que los tres restantes se desborden en detrimento del bienestar general.




