Charles Baudelaire afirmó que:
«Sólo son grandes entre los hombres el poeta, el sacerdote, el soldado. El hombre que canta, el hombre que sacrifica y que se sacrifica».
A su afirmación no le hace falta veracidad. La historia nos ha dejado ver quiénes son dignos de ser recordados y quiénes caen en el olvido eterno. Sólo hay que pensar en los primeros nombres que vienen a la mente cuando se estudia el pasado; Alejandro, Julio César y Napoleón. En efecto, hay muchos más, pero el común denominador de estos nombres es una vida de guerra. No sólo la guerra física en la que el combate corporal los cubrió de gloria y de sangre, no. También la guerra interna, la guerra del espíritu que nunca pudo saciarse y que aspiró a la grandeza. Hombres de lucha, hombres de conflicto; almas tensas y espíritus guerreros.
Retomando la idea de Baudelaire, la vida de los poetas está marcada por ese mismo tinte sublime del honor castrense. Aquí debe entenderse que los verdaderos poetas son pocos, mientras que los escribidores abundan. Es imposible leer a Luís de Camões y no admirarse por la sublime creación de sus Lusiadas, o leer a Machado y no reconocer la mano excelsa del poeta que deja su alma impresa en las páginas que escribe. No se trata sólo de sus obras, sino de lo que hay tras ellas. Recomiendo a los lectores que busquen la vida de Camões y vean el heroísmo del soldado poeta, allí encontrarán una gesta sobre la que poco y nada se dice en la actualidad.
El sacerdote es grande por sí mismo, eso no se discute. La imposición de manos, la sucesión apostólica y la virilidad que representa la vocación lo hacen digno de grandeza. Sin duda abundan en nuestros días los faltos de coraje y tibios en el andar, por ellos oramos para que igualen o superen a los clérigos del pasado. Las memorias del voluntario requeté inglés durante la Guerra Civil Española, Peter Kemp, sirven para ver ejemplos de sacerdotes que en el campo de batalla caminaban entre los heridos, en medio de disparos y detonaciones, dando confesión y extremaunción a los moribundos caídos en combate.
La expresión castellana «poner mi pica en Flandes» ha llegado hasta nuestros días después de que surgiera hace siglos con los tercios de Felipe II y los demás Austrias en Europa. Flandes era una región protestante y en constante lucha rebelde contra la corona española. Era una piedra en el zapato para el dominio imperial y el dolor de cabeza con el que lidiaron los monarcas hasta finalmente perderla. Durante este tiempo de lucha, España procuró enviar siempre a sus mejores hombres para luchar en los tercios de Flandes. Sin paga, sin logística, mal vestidos y llenos de valentía, los hombres de los tercios hicieron temblar a Europa y al protestantismo por su eficacia en el combate.
Pero ¿qué motivaba a los hombres a unirse a los tercios? Sin duda no podía ser el dinero, porque no siempre les pagaban, además de que eran ellos quienes debían comprar sus dotaciones para la guerra. ¿El honor? Puede decirse que había un poco de ello, pero al regresar a España muchos se convertían en espadachines y alquilaban sus vizcaínas para hacer el mal, lo que los dejaba mal parados frente a la sociedad. Quizá la explicación se halle en el deber y la gloria; un entendimiento y una aspiración que para estos hombres representaban la realidad de la vida. Su deber como hombres era luchar contra los luteranos, y la guerra hacía parte de la vida tanto como el hambre y la religión. La gloria era lo que encontrarían cuando sus espadas doblegaran al enemigo en el nombre de Dios, o cuando cayeran heridos y muertos por su gloria. Dos simples conceptos de los que carece el hombre moderno: deber y gloria.
«La pica en Flandes» significaba eso. A Flandes se iba porque era su deber como hombres y sólo se volvía con el escudo o sobre él, cubiertos de gloria a como diera lugar. El poema atribuido a Diego Hernando de Acuña reza:
«No quise salir del mundo,
sin poner mi pica en Flandes»
¿Cuántos hombres modernos serían capaces de decir lo mismo sin miedo y prevención?
¿Cuántos hombres modernos anhelarían poner su pica en Flandes, cumplir el deber y perseguir la gloria, aunque se pueda perder la vida?
El hombre moderno lee esto y es incapaz de comprender la realidad que vivieron los héroes de Flandes. No puede digerir que antaño la guerra fuera cosa del día a día y que hubiese disposición e incluso deseos de participar en ella. Esto es porque el hombre moderno se ha hecho débil y no entiende ya la vida como una misión en la que se cumplen deberes y se busca la gloria. El hombre moderno necesita «zonas seguras» para resguardar sus sentimientos y emociones, oponiéndose de lleno al combate y a la confrontación que hacen parte de ESTO VIR. La pica en Flandes no existe para él, una criatura sumisa que se alimenta de soya y alimentos procesados, que no busca trascender en la vida y para la que cualquier convicción profunda es sólo virtud del pasado. Hombre maleable, hombre que no reconoce la verdad absoluta; protohombre.
Mientras que hace cinco siglos los hombres escogían ir a Flandes a luchar contra el enemigo luterano, o viajar a las Indias para cubrirse de gloria en las desconocidas tierras del trópico, el protohombre moderno se niega a sentir dolor y busca cualquier manera de evitarlo: alcohol, narcóticos o prescripciones venenosas. No quiero caer aquí en la peligrosa idealización del pasado, pues ninguno de nosotros vivirá esas aventuras ya, pero los valores son eternos y hoy sólo unos pocos los mantienen vivos.

Vivir no vale la pena si no es en función de una empresa mayor al individuo, que supere a la persona y que forje los principios y valores del hombre. Por eso esta columna es sólo una exhortación al heroísmo y a una vida de combate.
Ojalá que en el corazón de cada uno de mis lectores arda la llama histórica que impulsó a los soldados de los tercios a buscar poner su pica en Flandes. La vida es muy corta para desperdiciarla sin sentido y en banalidades. Abandonen la comodidad y el confort, pero no de la ridícula manera moderna de «salir de su zona de confort», no. Busquen lo difícil a propósito, sean los primeros en responder a una pregunta, lean más libros y aléjense de las pantallas. Lean biografías de hombres grandes, lean historia, aspiren a emular a los grandes.
La Pica en Flandes es la primera de las columnas que escribiré con una nueva mentalidad, desembarazado de los afanes políticos y circunstanciales propios de una república bananera. El día a día resulta mortal para el alma, por eso todo debe plantearse a largo plazo. Sigan un plan y piensen en grande, no se detengan por pequeñeces que en una semana no importarán.




