Un círculo vicioso donde la institucionalidad está corrupta y muchas veces desde la ciudadanía pretenden corromperla más, al punto de generarle un castigo electoral o social a quien actúa de manera correcta porque… Clic para tuitearLa historia nos ha permitido evidenciar el papel que ha tenido el surgimiento y la labor de los cuerpos legislativos en la consolidación de los proyectos democráticos alrededor del mundo; en Inglaterra y Francia fueron este tipo de corporaciones las que en un primer momento se crearon para funcionar como controles al absolutismo monárquico que gobernaba a discrecionalidad, amparado en un derecho divino que muchas veces se contraponía a la labores del Estado enunciadas por pensadores como Hobbes, Locke y Rousseau.
Los parlamentos creados en dichos escenarios se caracterizaron notoriamente por sus tintes aristocráticos y oligárquicos, sería una irresponsabilidad no decirlo, sin embargo, fueron estos los que sembraron la semilla de la importancia que tiene la existencia del sistema de frenos y contrapesos que hoy es la base fundamental de las democracias modernas; que le otorga la soberanía al pueblo como constituyente primario, y cuyos intereses hoy son abanderados por este tipo de corporaciones bajo el principio de la representatividad.
El Congreso de la República en Colombia tiene unas funciones esenciales dentro de la democracia colombiana como lo son la iniciativa legislativa o el control político. Sin embargo, hoy son muchos los colombianos que no las conocen o que no ven en qué les podría aportar este en sus demandas cotidianas, perciben a los Congresistas (y a su entorno) como meros burócratas que se alimentan de sus impuestos a punta de altos salarios y proclives a la corrupción. La existencia de un Senado o una Cámara de Representantes les puede incluso parecer innecesaria; algo que a mi manera de ver es injusto, teniendo en cuenta el esfuerzo de muchos de nuestros próceres y antepasados por conseguir la independencia y la autonomía política.
En estudios del Latinobarómetro, son bastantes los colombianos que cada vez desconfían más de las instituciones, los partidos y los congresistas, además se enfrenta una crisis donde el Sistema de Partidos, médula de las corporaciones parlamentarias, es concebido como como un sistema semicerrado, poco representativo y fuente de exclusiones. Esta es una situación evidentemente peligrosa para la institucionalidad y la estabilidad del país; pero sin duda, es un escenario que han gestado no solo los congresistas sino, creería yo, todos quienes convergen en el escenario del legislativo, incluso sus votantes. Particularmente pienso, que muchas de esas percepciones se basan en el desconocimiento del ciudadano, el clientelismo, el amiguismo, las distancias entre el entorno legislativo con la ciudadanía; pero sobre todo, en la falta de destreza de quienes fungen como asesores tanto de los congresistas como de la institución en sí misma.
La corrupción, la falta de laboriosidad y las falencias en la comunicación de quienes se encuentran alrededor del legislativo estan hoy poniendo en duda la pertinencia de una institución que es central en el funcionamiento de nuestra democracia. Ahora bien, muchos culpan solo a los políticos pero a los ellos se les elige con votos y en ese sentido también se debe hablar de la falta de cultura política colombiana, que yo bajo las percepciones de Almond y Verba clasificaría entre la tipología parroquial o de súbdito, donde el ciudadano vota animoso de favores personales de su cacique*, en ese sentido entonces se debe hablar de cómo desde abajo también se busca corromper el sistema.
En conversaciones con amigos del entorno político muchas veces hablamos de los insultos que nos hemos ganado por no hacer un favor que está en contra de la ley a algún líder o elector, también hablamos de las exigencias a todas luces ilegales que tienen algunos líderes barriales para apoyar a algún candidato en las elecciones locales. En ese sentido nos damos cuenta de la existencia de un círculo vicioso donde la institucionalidad está corrupta y muchas veces desde la ciudadanía pretenden corromperla más, incluso al punto de generarle un castigo electoral o social a quien actúa de manera correcta porque “yo le voté pero no me hizo el favorcito”.
En este escenario coyuntural donde se piden cambios urgentes en la política en términos de manejo de gasto y comportamiento de los funcionarios también es necesario exigir un cambio de cultura política por parte de la ciudadanía frente a lo que perciben como lo que su representante político debe hacer, que evidentemente está muy alejado de hacer favores personales a sus electores. Si queremos una institucionalidad con un comportamiento ético, es preciso que como electores también gastemos eso, es hora de pasar la página de la malicia indigena, el papayazo y la lagartería a un escenario de conciencia ética del bien común. Por parte de los funcionarios es preciso dejar las costumbres del clientelismo y el amiguismo a la hora de formar equipos, recomendar y/o hacer nombramientos. Entre todos cambiemos de rumbo y caminemos hacia el puerto del gobierno de los mejores, sin distinción alguna.
*Recomiendo el texto “La cultura política” de Gabriel Almond y Sidney Verba.




