¡Me robaron el celular, carajo!

Francisco José Tamayo Collins

¡Me robaron el celular, carajo!

@tamayocollins

El capuchino “envenenado” de los viernes ¡Me robaron el celular, carajo! Columna de Francisco José Tamayo Collins Clic para tuitear

Pasadas las 7:25 p.m. del pasado lunes 9 de julio, a escasos 80 metros de la puerta de mi domicilio, pensando que por encontrarme en una zona “tranquila”, que alberga las residencias de tres embajadores acreditados en Colombia, cometí el error de hablar por celular con una muy querida amiga, con la mala fortuna de, en breves segundos, ser víctima de un atraco rigurosamente planeado, aséptico, sin uso de armas.

En esta oportunidad, un hábil “parrillero”, como es conocido el pasajero adicional que se desplaza en una moto, se bajó rápidamente de la misma, sin hacer aspaviento alguno, y me rapó de forma asertiva el celular que tenía pegado a mi oreja derecha, interrumpiendo abruptamente la amable conversación que sostenía en ese momento.

El modus operandi de esas duplas perversas es exacto, simple, estudiado con antelación. No hay sangre, gritos, ni insultos. Sencillamente, es cuestión de velocidad y coordinación. Son 15 segundos, a lo sumo, el tiempo que necesitan estas “joyitas” para que el atraco y la correspondiente huida se hagan efectivos.

Quien padece el hecho no alcanza a reaccionar, y cuando lo hace, la velocidad de la moto lo deja sin ningún tipo de posibilidad. En mi caso particular, emprendí carrera y grité con toda mi alma, pero la moto me dejó regado y sólo un amable desconocido se unió a mi carrera. Nada pudimos hacer. La policía diplomática dispuesta en esa calle no reaccionó y los guardas de seguridad de los edificios tampoco hicieron nada.

Esa es la triste realidad de la seguridad ciudadana en su más elemental expresión. En conclusión: estamos en las manos de Dios, porque el hampa no merece ningún tipo de equivalencia con el Creador.

En conclusión: estamos en las manos de Dios, porque el hampa no merece ningún tipo de equivalencia con el Creador. Clic para tuitear

Acto seguido, ingresé a mi hogar, llamé a mi operador celular, bloquee la línea y procedí a comunicarme con la Policía Nacional. La atención fue amable, como si estuviese pidiendo un domicilio a una farmacia o a un restaurante. “Ya quedó reportado su caso, y será informado al cuadrante”, fue lo último que me dijo la persona que me atendió.

Posteriormente, accedí a mis redes sociales, donde tuve mejor respuesta por parte de mis amigos, quienes compartieron rápidamente direcciones electrónicas de la Fiscalía General de la Nación, para que me comunicara con esa entidad y presentara la correspondiente denuncia.

Efectivamente, una vez revisada la página web de la entidad, decidí contactarme telefónicamente para hacer la denuncia. Con evidente interés, una funcionaria de la Fiscalía escuchó mi caso, me remitió vía correo electrónico una comunicación con la pomposa referencia de “registro de incidente por denuncia virtual”, que cierra diciendo: “En las próximas 24 horas se notificará a su correo electrónico sobre el proceso de verificación”.  Han pasado 72 horas y la notificación no ha llegado a mi buzón…

Así las cosas, no conozco el nombre del fiscal encargado del caso, ni me siento seguro en mi propia residencia. En esta tierra de nadie, reino de narcos, terroristas y guerrilleros envalentonados, por lo visto, la gente de bien, esa que madruga, trabaja y aporta en la construcción de la sociedad, no tiene mayor cabida.

En esta tierra de nadie, reino de narcos, terroristas y guerrilleros envalentonados, por lo visto, la gente de bien, esa que madruga, trabaja y aporta en la construcción de la sociedad, no tiene mayor cabida. Clic para tuitear

Lección aprendida: en Colombia usted no puede tener un celular decente dentro del bolsillo, no vaya ser que termine siendo víctima del famoso “cosquilleo”; y ni se le ocurra hablar por teléfono en la calle, ni siquiera en la cuadra de su casa, porque le pueden hacer lo que le estoy contando en esta columna.

#ElVenenete: Si no tenemos autoridad que vele por la seguridad más elemental de cualquier colombiano, si los organismos de control del Estado no cumplen con lo mínimo, si la Policía no reacciona a tiempo como es debido, ¿a qué estamos enfrentados los ciudadanos? Sencillamente, al hampa que manda en las calles y, ¿por qué no decirlo?, a organizaciones delictivas que se han incrustado a través de mafias bien organizadas dentro del establishment.

Lo único que me dejó esta amarga experiencia es un sentimiento de impotencia absoluto. En los últimos 18 meses he sido víctima de dos atracos, perdiendo valiosos celulares.

#EnLasManosDeDios

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