Una persona de mi cercanía llegó al aeropuerto de un viaje fatigante. Tomó la ruta de siempre, pero sufrió en el trayecto terrestre una serie de alteraciones que supusieron el cierre de la vía y un tratamiento insolente de parte de los subversivos. La apariencia de éstos era la de unos muchachos ágiles y elásticos, con el rostro cubierto con cualquier camiseta. Y tenían mochilas y maletines colgantes en los que se veían las piedras grandes de más de una libra y algunas otras cosas. Eran, por lo demás, atarbanes y agresivos.
La llegada a la ciudad fue difícil ante la repetición de los retenes y el ambiente que, por supuesto, no era ni de paz ni de respeto. La pesadilla estaba iniciando.
La noche llegó y las aglomeraciones en sitios estratégicos de la ciudad fueron aumentando con algarabía. Entre tanto los ataques a una policía prudente y expectante crecieron. El desafío, la temeridad y el deseo de hacer daño fueron la característica sobresaliente, no obstante que los policías soportaban los ultrajes en silencio y quietud. Pero al cabo de un rato los agentes del orden dispararon armas de fogueo con proyectiles de plástico y gases.
Son tantos los videos en los que se ven a los facinerosos disparando armas de fuego y esgrimiendo cuchillos listos a matar. Esos, pues, habían dejado de ser los muchachos por los que se pudiera tener simpatía, para convertirse en criminales avezados, entrenados y pagados. Saquearon pequeños y grandes negocios, humillaron a las gentes que transitaban pacíficamente e hicieron que el terror cubriera sus actos en toda la ciudadanía, mientras se sabía que habían dado muerte a un capitán a puñaladas y a varios agentes del orden. La pesadilla iba en aumento, mientras discurría la noche con explosiones de cocteles molotov, papas explosivas, y disparos que centellaban en la oscuridad.
Después se supo que, bien entrenados, en la noche cubrieron los puntos estratégicos de entrada y salida de la ciudad, luego de los corregimientos y de las grandes granjas que hicieron cerrar, mientras amenazaban a los trabajadores para que cesaran en sus labores y abandonaran las granjas porcícolas y avícolas, fuera de cualquier otro centro de producción. Quebraron esas industrias e hicieron desaparecer del mercado los abastecimientos, al tiempo que generaron criminalmente una falta de alimentos, montados en la estrategia diseñada en otros círculos profesionales de la subversión.
¿Que había allí, desde el punto de vista jurídico? Una subversión animada por los señores de Fecode que manejan grandes cantidades de dinero y las centrales obreras, también con recursos a discreción. Callados, solo argumentan desde Bogotá los «abusos del gobierno», al que pintan con redomada mala fe como una dictadura. Pero no omiten el animado discurso a sus agentes subversivos y mostrándolos como gente buena que defiende la libertad de expresión, por todos los medios de comunicación que en su mayor parte les funciona, especialmente Caracol puesta al servicio de una información parcializada, sin que hayan expresado con palabras convincentes su repudio y rechazo al atropello y al delito.
Solo el gobierno es el malo y le adjudican epítetos malandrines, aunque el presidente muestre bondad en sus intervenciones y ánimo conciliatorio para todos los colombianos. Todo esto es el reinado de la mala fe que logra audiencia a base de recursos y mentiras.
Al tipo penal de la subversión hay que agregarle el delito de asociación para delinquir, lesiones personales y homicidio, hurto agravado y constreñimiento. Todos son tipos criminales graves y habrá mucha gente vinculada, si es que la inteligencia militar logra funcionar con eficacia y a tiempo.
El plan es diabólico, sin que les importe la gran tragedia nacional de la pandemia y el crecimiento de los índices de muerte y contagio, que ocupan con dedicación el tiempo del presidente Duque y su equipo de gobierno. Lo quieren tumbar y agotan los medios perversos, así arruinen a muchos industriales pequeños y grandes. El fin justifica los medios, proclaman en su interior.
Digamos que Duque es un hombre bueno, sin cálculo egoísta, pero se diría que ingenuo. Me hace recordar la anécdota que dio inicio a la gran sacudida del pueblo de Francia. Se tomaron La Bastilla y le exigieron al rey que viajara de Versalles a París. Desde el carruaje dijo viendo la multitud levantada: «Pero esto es un motín» y uno de los ministros le contestó: «No es un motín, Sire: es una revolución.» Las condiciones son otras, no hay tiranía ni hambre, aunque así lo quieran pintar los malvados. Pero sin vacilación es nuestro deber prevenir el odio de clase y la persecución arbitraria del atropello, que ahora se ve con vehemencia.
Esto que vivimos con horror hoy, solo puede ser el comienzo de la pesadilla si los que amamos la democracia y la convivencia no cerramos filas en apoyo de las instituciones y en defensa de la democracia. Sí, es el comienzo de toda la desgracia que podría asaltarnos en plena luz del día.




