Esa mañana al llegar a la zona rural donde estaba su oficina, podía sentir ese sol candente a sus espaldas, al llegar a la oficina rápidamente donde estaba el aire acondicionado que proveía de los ventiladores, diviso a una mujer de apariencia cenicienta latina, de trenzas partidas a la mitad y piel morena, dejaba ver su mucha piel con ese vestido de flores rosadas que llevaba puesto, lo buscaba de parte de Iván. Fue lo que le dijo una de las recepcionistas cuando lo vio que ingreso directo a su despacho, al estar la mujer sentada y con el pueblo a sus espaldas, los demás empleados no dejaban de verla, daba esa ligara apariencia de que iba a pedir ayuda sobre un proceso jurídico que no podía pagar.
Al estar ahí sentada se dejó llevar por ese lujo descomunal, no porque lo fuera, sino porque era lo que veía con su corta visión. Percibió esas miradas de peligro de las recepcionistas, entonces tuvo un pensamiento que le causo confort.
- “aún tengo encanto”, así que dándose una pequeña risita para sí.
Escucho el llamado de una mujer de cabello negro y largo, recogido de forma de coleta de caballo, vestida de una camisa sin mangas, un pantalón y unas sandalias donde se podía ver su pie reseco. Ésta la miraba con mucha imponencia.
- El doctor Pedro la espera en su oficina.
De inmediato se levantó y dejó ver con desparpajo sus caderas frondosas, así que caminado con todo dominio de su cuerpo entró a la oficina, y ahí estaba un hombre de cabellos negros y piel morena, de nariz grande y agachada, delgado, de manos finas gozando de juventud.
- ¡Pase!, decía éste mostrándole con la mano la silla.
De inmediato la mujer de vestidos de flores y caderas grandes tomó puesto y dijo:
- ¡Gracias! – mirando con cautela ese espacio provisto de 20 trabajadores que eran abogados. De inmediato imagino el dinero que tenía este señor que la miraba ahí frente a ella.
Conociendo los hechos por los cuales la mujer de trenzas a la mitad estaba sentada frente a él, le hizo la oferta:
- Bueno, tengo una vacante para hacer el aseo.
Al escuchar tal oferta y viendo y reconociendo que tenía la sartén por el mango, al percibir las miradas de Pedro, éstas que sabían a que había ido ella, le dijo:
- No señor, vengo por el puesto de secretaria de confianza.
Al escuchar la manera en que hablaba esta mujer carente de lenguaje y comportamiento, Pedro descargó las manos sobre su escritorio en señal de asombro y le dijo:
- ¡Yo no tengo ese puesto para usted!, debe saber que tengo entendido que usted no goza de experiencia.
Así que la mujer sacando ese carácter de las calles, de las decepciones y de las mentiras de Iván le respondió:
- Sé que estoy acá por que el señor Iván le pidió ese favor, porque sé que no va a vender, así que me da ese cargo o voy y digo que estoy embarazada de él.
Al escuchar estas palabras Pedro se dio cuenta en el problema en que se había metido, así que le solicitó a la mujer que esperara un momento mientras llamaba a su amigo.
- Hombre Iván, esta mujer está embarazada de ti y me está diciendo que, si no le doy el puesto de secretaria, te delata- decía Pedro desde su escritorio mirando a la mujer como se paseaba de un lado para otro en las afueras de su oficina.
Al notarla bien, notó como ese vestido dominaba esa silueta grande, donde se podía ver esas piernas fuertes de mujer de campo. Así que cayendo en la tentación le preguntó:
- ¿Te comiste a esa mujer tan grande?
- Sí, respondió Iván y notando que sería delatado repuso: y no te imaginas lo bien que lo hace, se deja hacer de todo.
- Al escuchar esto, y viendo el desfile, llevado por la persuasión de su amigo, entre chiste y chanza, decidió inventar ese cargo por un tiempo mientras se deshacían del problema, y mientras Pedro sacaba provecho.
Así que haciéndola pasar no la hizo sentar, esto con el propósito de ver como se le dibujaba la ropa interior roja bajo ese vestido blanco de flores, y le dijo:
- Perdone mi equivocación, su puesto es de ser mi secretaria, así que bienvenida- decía mirándole el vientre en vez del rostro.
- Gracias señor, decía la mujer entendiendo lo que pasaba y sacando provecho de ello.
Así que dando la vuelta para ser guiada por la recepcionista que hizo llamar, la voz de Pedro la detuvo, he hizo que se girara de nuevo:
- ¿Cómo se llama?
- Magnolia Rojas. Decía mientras le daba una sonrisa y girándose de nuevo tomó camino a la instrucción.
Al caminar con paso firme veía los rostros de quienes la miraban, veía esos espacios donde se sentaban los abogados, sudados, y con camisas cortas, al pasar por ahí tuvo esa ligera impresión de que le estaban mirando esa ropa interior roja perceptible bajo su vestido, imagen que asesoro su madre para que no volviera sin empleo. Al quedarse sentado en la oficina y ver como desfilaba esta mujer, intuyó que el plan estaría a salvo, tendría el puesto por poco tiempo y él encontraría la manera de poseerla con sus dotes de mujeriego.
Cuando la recepcionista le cuadró un puesto en un escritorio de madera de una manera muy artesanal. Magnolia no lo podía creer, era un cargo inventado, soñado y pasajero. Pero para ella sería eterno. Esa tarde al llegar a la casa mal hecha donde la esperaban sus cuatro críos y su anciana madre no hizo esperar la emoción, cuando entró, la madre estaba sentada esperándola donde la había despedido, en la cocina cociendo frisoles, sentada en el comedor sostenido de milagro, con el mismo trapo en el hombro y mirando hacia un punto perdido en el tiempo, implorando que este le diera más años de vida.
- Me dieron trabajo, decía Magnolia de forma pretendida y paseándose muy lentamente alrededor de su madre.
Ésta al ser sacada de su oración no hizo más que mirarla sin creer lo que escuchaba.
- ¿Qué tiene que hacer allá? – preguntaba la anciana sabia mientras se levanta de la silla para mirar los frisoles.
Y mientras sostenía la tapa de la olla con el trapo pinchaba para saber la cocción de los alimentos, escuchó lo imposible, lo que en su vida y hasta su generación nunca había pasado.
- ¡Me dieron el puesto de secretaria, y de confianza! – decía Magnolia sentada en la silla de cemento donde se podían ver las vigas de hierro que salía.
Con los brazos puestos sobre la mesa y las manos elevadas a la altura de su barbilla, esperaba la mirada de su madre, tal vez unas palabras de felicitación. No se sabe que fue ese día, quizás era el vapor de los frisoles que le había pegado fuerte en el rostro a la anciana, o quizás un análisis retrospectivo de lo que habían sido las vidas de ellas, de sus hijos, de lo que se había anhelado y no se pudo, pero de manera rápida se volteó para decirle a su hija:
- ¡Ahora que estas allá no te puedes dejar sacar! – decía mientras apretaba fuertemente la cuchara de palo con su mano.
Al verla así, con una voluntad tan decidida, la que nunca había tenido siguió en silencio. Así que rápidamente tomó puesto de cemento frente a su hija y continuó:
- Espero no seas bruta hija, sabes que no tienes estudio y que no sabes ni escribir bien, ni leer bien. Usted debe actuar por otro lado. Decía mientras la miraba con sus ojos viejos, con esos parpados casi colgándoles y su rostro curtido de malos momentos.
Entonces, Magnolia comprendió ahí sentada lo que su madre le decía, ellas mismas conocían su lenguaje de desespero, frustración, y soledad que las llevaba todos los días hasta su sepulcro. Ese día el plan se hizo de la manera más artesanal, y como las grandes ideas que se construyen desde garajes, éste se hizo desde una cocina de leña, sostenidas por vigas de cemento sobrante de las construcciones del pueblo, Ahí Magnolia entendió que sus años de concubina, amante, puta, no habían terminado.
Fue inequívoca en su trabajo, o por lo menos así se mostró con el pasar de los días, mientras de formas misteriosas las otras tres recepcionistas se equivocaban, Magnolia no, parecía que la gasolina que tenía por ser nueva empleada era su gran motivación, o quizás los cuatro hijos sin reconocimiento. O tal vez esa casa hecha la mitad de palo y la mitad de cemento lo que le recordaba que tenía que salir con las manos llenas esta vez.
Pues había analizado muy minuciosa mente al jefe, y llegó a la conclusión de que Pedro era un hombre con reconocimiento en el campo de la política, con buenas relaciones interpersonales, que hasta los narcotraficantes de ese tiempo lo buscaban para que llevara sus negocios. Lo vio sólo, y con la debilidad que sufre todo hombre formado a medias, las mujeres, lo vio tendido a los excesos cuando notó que se sentaba a tomar todos los días desde las 5 de la tarde en la tienda del pueblo donde alguna vez fue alcalde. Y se levantaba a las 9 de la noche llevado a tientas por el mayordomo que vivía en su casa y lo cuidaba.
Con un divorcio exitoso donde había conseguido resguardar sus bienes, y mujeres a todas horas. Magnolia sabía cómo tenía que llegar. Así que empezó por lo más indispensable que era sacar a la competencia del camino, esto incluía recepcionistas, abogados de confianza, y mujeres que se acercaban con la intensión de tener algo serio con él, pues, la respuesta que Magnolia le daba al verlo cuando se encaprichaba con una mujer, era:
- ¡Usted tiene mucho dinero para que se quede con una mujer!
Estas palabras retumbando en la cabeza de un hombre que no estaba preparado para tanto poder, hacían un gran hueco en su ego. Llevándolo al punto de que pensara que él podía hacer lo que se le diera la gana con quien quisiera.
Esa noche cuando ya el personal restante que quedaba desde la llegada de Magnolia se marchaba a sus hogares, ella se quedó haciendo lo que mejor hacía, favores a su jefe, cuando llamó al número de una de las casas que enviaban jóvenes a domicilio. Pidió a la joven que al patrón pedía continuamente, era de nombre artístico Salomé.
Faltando 15 minutos para que llegara. Magnolia organizaba la oficina de su jefe mientras él salía de unos asuntos, colocando el polvo blanco en la mesa cortado en filas, el trago, las uvas importadas y la música, la vio entrar, era la joven de aspecto delgado, alta, de caderas bien hechas, de senos pequeños, pero bien parados, de piel morena, cabellera larga y negra, y sin dejar de lado sus ojos verdes.
Era una mujer bien hecha, al verla con sus pantalones cortos y piernas largas que se dirigía a la oficina. Magnolia no hizo más que salir para dejar ese espacio para la bella mujer pagada y Pedro. Eso sí al salir de la oficina, le dio una de esas miradas inquisidoras, pues sabía que una mujer así, tan bella podía tener lo que quisiera, ya que ser bella atribuye un gran poder. Sabiendo que Pedro estaba empezando a sentir cosas por la delgada mujer que acababa de llegar, se sintió en peligro, y cuando se sentó en su puesto de trabajo a esperar que su jefe terminara lo que no había comenzado, reconoció que había avanzado poco.
Seguía siendo la secretaria de confianza de un hombre poderoso, que tenía propiedades en todas partes el país, y mujeres, pero con ninguna se quedaba, y por un momento se sintió perdida. Había logrado hasta el momento extraviar algunos dineros a una cuenta que tenía a nombre de uno de sus hijos, y logrado mejorar su vivienda, su vida y la de sus hijos. Pero quería más, y aun no tenía al hombre. Así que mientras imaginaba que hacer para poderlo atrapar, escuchó un grito de auxilio que provenía de la oficina de Pedro, de inmediato salió de su puesto y corrió para ver qué pasaba, al acercarse notó como las paredes que hacían la división se estremecían con fuerza, y la mujer dentro no paraba de gritar.
Al abrir la puerta vio a Pedro con el torso desnudo, sin zapatos y la correa floja, en la mano derecha la estatua de la justicia apretada con fuerza y manchada de sangre. a sus pies la mujer bella, desnuda y con la cabeza rota.
Al ver la cara de Pedro, la vio enferma de cólera. Así que actuó rápido, ingresó y logró calmar al hombre endemoniado. En cuanto a la mujer pagada la salida fue rápida, se decidieron del cadáver cuando llamaron a unos amigos del mal a que se hicieran cargo de él.
Entre malos no había problema ya que ellos eran los clientes de peligro a los cuales él le llevaba los procesos jurídicos.
Ahora el problema era su secretaria de confianza que había visto la muerte de una persona por manos de su jefe.
Entonces ahí en la oficina en horas de la madrugada, los dos solos, el monstruo ya calmado, y su secretaria mirándole parada en el umbral de la puerta de la oficina, comprendieron de una manera muy misteriosa que ese secreto se lo debían llevar a la tumba conjuntamente. Así ambos tendrían beneficios.Entre malos no había problema ya que ellos eran los clientes de peligro a los cuales él le llevaba los procesos jurídicos. Clic para tuitear



