«Siempre será más importante la opinión de una persona informada que la opinión de mil personas desinformadas.»
El pasado 9 de febrero de conmemoró en Colombia el Día del Periodista, y aunque abundaron los mensajes, en su mayoría imágenes prestablecidas bajadas de internet, muy a mi pesar soy de los que consideran que no hay mucho para celebrar, pues nunca la profesión había tenido un panorama tan desalentador.
El ejercicio periodístico, definido como el conjunto de actividades relacionadas con la recogida, elaboración y difusión de información actual o de interés para transmitirla al público a través de la prensa, la radio o la televisión pasa por uno de sus peores momentos de credibilidad a nivel mundial.
En Colombia su declive viene de varias décadas atrás, se agudizó con la promulgación de la Constitución de 1991 y se aceleró con la entrada en furor de las nuevas tecnologías y las redes sociales, ya que lo que parecía la democratización de la información terminó por dar vía libre a la sobrexposición de esa misma información sin ningún control que garantizara su veracidad.
La irrupción de buscadores, redes sociales y páginas de toda índole manejadas por personas sin formación profesional en el campo del periodismo y sin respeto por la profesión inundó la aldea global, generando miles de alcances y lectores, llevándose a su vez los anunciantes, situación que privó a los medios tradicionales de su mayor fuente ingresos.
Obligados a competir por likes y secundados por legislaciones que privilegiaron la libertad de expresión sobre el rigor, la veracidad, la confrontación de fuentes y el equilibrio, entre otros importantes principios del ejercicio periodístico, se convirtió en escampadero de paracaidistas variopintos.
Los grandes medios, como lo advirtió Guillermo Franco, en un análisis sobre el crecimiento de Semana.com para el diario económico La República, se olvidaron de invertir en lo verdaderamente importante: infraestructura y recurso humano. “Una estrategia digital no se hace exclusivamente con millennials recién egresados de salario mínimo, tatuaje y mechón verde. Se requiere inversión”, acotó.
En particular, y así mi posición genere ronchas, consideró que el mayor activo de los medios debería volver a ser su recurso humano. Cuando inicié mi carrera de periodista admiraba a los periodistas de antaño, personas con dos y tres carreras, formados además en literatura, música arte y otras manifestaciones culturales que los acercaban al ideal de hombres y mujeres cultas, que por obvias razones podían oficiar como referentes de la sociedad y servir de catalizadores frente a los delicados temas del diario acontecer.
De ello ya queda muy poco. Hoy se confunde el periodismo con activismo, la opinión con noticia, el sesgo con veracidad y las convicciones con conveniencia; en el quehacer periodístico encontramos además a soldadores, mecánicos, latoneros, maestros de construcción, vendedores de revuelto, jovencitos que ni siquiera han terminado el colegio, exguerrilleros, y toda clase de iletrados, pues cualquiera que con un celular o un pc se tope con un hecho y decida subirlo a las redes, se cree periodista. Algunos han logrado espacios en radio y televisión y hasta fundan medios impresos locales, los llamados sal si puedes, esos que solo ven la luz cuando un político decide apoyarlos a cambio de un tratamiento obsecuente y lambón.
La desprofesionalización del quehacer periodístico ha llevado a que los propietarios de medios y gerentes, principalmente en las regiones, privilegien la contratación de personas sin formación, pauperizando el llamado “mejor oficio del mundo”, al punto que muchos ni siquiera devengan un salario mínimo y una inmensa mayoría ni siquiera gozan de seguridad social y mucho menos de prestaciones de ley.
Urge recuperar la profesión de periodista, un campo al que deberían llegar, dada la importancia que tiene para la sociedad, personas realmente cualificadas, ya que, aunque esta posición moleste a internautas y parlanchines que se creen periodistas, siempre será más importante la opinión de una persona informada que la opinión de mil personas desinformadas, porque si bien todos tienen derecho a la libre expresión, este derecho no los convierte per se en censores para descalificar con “autoridad” incuestionable a los profesionales del oficio, así no compartan sus posiciones y convicciones.
En algunos países europeos los gobiernos empiezan a tomar medidas para en justicia proteger los derechos de los generadores de noticias, (medios y periodistas) frente a los buscadores y redes sociales que se aprovechan de su producción noticiosa quedándose con los anunciantes, estrategia que debería replicarse en todo el mundo si se quiere recuperar el rol del llamado ‘Cuarto Poder’.
Garantizar la subsistencia económica de medios y periodistas es una necesidad y una obligación si queremos que continúen ejerciendo como contrapoder y catalizadores de la sociedad, empero, esta es solo una parte de la solución, aún queda abordar el verdadero debate de fondo, las causas que llevaron a la pérdida del mayor activo de los periodistas y medios, su propia credibilidad.




