La izquierda demagoga y populista es especialista en apropiarse de todo, incluso de los conceptos que utilizan a su amaño para justificar sus causas políticas y “revoluciones” violentas, encontrando terreno fértil en una juventud y sociedad ingenua e ignorante que vive esclava del clic fácil y el like.
En este escenario son muchos los seres anónimos que encuentran una oportunidad única para tener por fin su minuto de fama, lograr visibilidad y ser alguien, por eso gritan más duro, replican con más frecuencia y más odio, y hasta se envuelven en una bandera de Colombia buscando la foto que los muestre a la cabeza de las marchas.
No importa si trabajan en el sector salud y están viendo morir pacientes por la falta de médicos, medicinas u oxígeno, su empatía hoy está con la causa “revolucionaria”, porque es la moda, quieren ser héroes en medio de la muchedumbre, pero jamás nadarían en contracorriente, porque hacerlo en lugar de like suma insultos.
Empatía con quienes salieron a marchar de manera pacífica por un país más justo y equitativo, en contra de la corrupción y la burocracia que nos asfixia; todos rechazamos al unísono las practicas clientelistas que consumen una parte importante de nuestro presupuesto, de nuestros impuestos, eso no tiene discusión.
Empero, deben entender que defender la institucionalidad no es defender al gobierno de turno, respaldar la Fuerza Pública no es pedir represión y exigir respeto por los derechos de una inmensa mayoría de colombianos no es estar en contra de la movilización pacífica, pa-cí-fi-ca.
Lo discutible es el método inconstitucional de sitiar ciudades, sometiendo a sus habitantes al hambre y la escasez, sobre todo a los más humildes. Vaya contradicción, Hernán Cortés, doblegó la resistencia de los indígenas Aztecas utilizando el mismo método sanguinario del que hoy se valen los promotores del paro y la Minga Indígena.
Si la empatía es la capacidad de sintonizar con los sentimientos o preocupaciones de la otra persona, como entender que, desde la comodidad de sus empleos públicos o privados, con salarios asegurados, no puedan pensar en quienes se levantan día a día a trabajar en la informalidad para llevar el sustento a sus casas.
Como es posible que el odio político no los deje comprender que hay personas en clínicas y hospitales en riesgo de morir, mientras una minoría convencida que juega al Robin Hood en realidad se convirtió en los nuevos Hernán Cortés, sí, esos conquistadores opresores y despiadados cuyas estatuas hoy caen en medio de vivas y arengas de libertad.
Si la empatía que pregonan a los cuatro vientos fuera real, también se preocuparían por el campesino o pequeños empresarios del agro que están pasando necesidades porque sus productos se están perdiendo ante la imposibilidad de llegar a mercados para venderlos y a la vez comprar productos básicos e insumos para su propia subsistencia.
En la Colombia de las últimas dos semanas he visto llorar pequeños empresarios y comerciantes que lo han perdido todo porque una turba descontrolada saqueó y quemó el esfuerzo y trabajo de toda una vida, pero a los románticos de esta revolución dantesca el odio no les permite ser empáticos con ese otro colombiano, para ellos solo existen los calificativos despectivos de ricos y paracos.
Ni que decir del gran empresario, ese contra el cual está dirigida toda la frustración, resentimiento y odio, quienes pronto, muy a su pesar, tendrán que despedir más pueblo, porque el fracturamiento de la estabilidad e institucionalidad del país afectó los mercados y su competitividad, para ellos no pido empatía, pero deberían tenerla por lo menos hacia los nuevos desempleados, que seguramente engrosarán los cordones de miseria que todos queremos superar.
Y en todo este entramado, en esta locura colectiva, donde queda la Dignidad Humana, ese otro concepto que volvieron moda y del que también se apropiaron, cuando se violan derechos a la movilidad, libre locomoción, trabajo, salud, vida, entre otros, en pro del derecho “absoluto” a la protesta y movilización social.
Dice la teoría que Dignidad Humana es un derecho inviolable e intangible de la persona, un derecho fundamental inherente al ser humano porque es un ser racional que posee libertad, óigase bien, Libertad, pues si hubiera verdadera empatía en quienes con justa causa participan de la protesta pacífica, no tolerarían que se “expropiara” de forma violenta este derecho fundamental al resto de colombianos que hoy gritan basta.
Querían hablar de empatía, tomémonos un minuto para reflexionar, lejos de los odios políticos, saliéndonos de la dicotomía izquierda-derecha/Álvaro Uribe-Gustavo Petro/ Guerillos-Paracos y tratemos de entender de una vez por todas que, sin una institucionalidad fuerte, sin respeto por la autoridad y sin Estado de Derecho estamos condenados a la anarquía, la violencia, el caos y la ley del más fuerte, que no siempre es el más racional.




