Cabellos Dorados II

Johana Andrea Rodríguez

Johanna Andrea Rodríguez
Cabellos Dorados II | Cuento por Johana Andrea Rodríguez Clic para tuitear

 

La noche era joven, y más apenas con sus 14 años, era esa adolécete tierna que se reflejaba en los ojos de sus acompañantes, uno de ellos el gran semental. Con su melena larga y sus grandes ojos se disponían a conocer el mundo, cuando se bajaron del carro vio ese lugar terrorífico, era ese lote del sector construido con ladrillos de mala calidad.
La entrada era esa puerta roja de metal donde Heraldo conservaba la llave, su compañero alto de ojos verdes, delgado con una cortada en el cuello lo secundaba para probar lo que el tanto había dicho, al entrar los tres eran ese lugar de rocas en el suelo y oscuro, iluminado por velas que llevaban en sus manos como los monjes antiguos. Al adentrarse al fondo, dieron con una habitación completa, está aún no se había caído del todo, eran esas paredes de cemento donde guardaba un catre con cobijas y almohadas, al estar ahí los tres acomodaron las velas en las esquinas, al arrojarse boca arriba sobre el lecho Adelaida no podía creer lo que veía.
Era el rostro del gran semental del barrio, con sus vaqueros apretados, la camisa corta de siempre y su cabello sostenido por el mucho gel, a su lado su amigo James, alto, delgado, de ojos verdes y con esa deliciosa cortada en su cuello vestido de suéter de lana y pantalón de taje. Acomodando las viandas que eran el alcohol y la droga, las acomodaron sobre una mesa hecha de forma artesanal donde era un pedazo de tabla mal hecha sostenida por dos ladrillos. Al sentirse tan cómoda Adelaida empezó a quitarse la chaqueta quedando en camisa esqueleto blanca, y en vaqueros ajustados.
Ahora ya todo estaba listo, el lugar era romántico para los gusto de desfachatez de los tres, así que sentándose en el lecho empezaron a beber alcohol etílico, mientras lo hacían la droga también empezaba a pasar por cada boca y nariz, era el menú ideal para dos señores mayores que se creían jóvenes, y para una joven incomprendida en la gran excusa de que no la dejaban vivir. Mientras empezaban a ponerse contentos las carias no se dejaban esperar, las manos de los hombres empezaban a nadar por el cuerpo de una niña que tenía pechos de mujer que ya había amamantado. Eran grandes cuando los tocaron y estaba amenazadores.
Mientras la ingenua mujer le daba trago casi a fondo blanco, la hábil mano de Heraldo se deslizaba por la parte trasera de los vaqueros de Adelaida, ahora estaba en su trasero mientras James poseía sus monumentales pechos, llevándolos de forma desesperada a su boca, se excitaba cuando se daba cuenta de que no le cabían, o tenía una boca muy pequeña, o los pechos en realidad era enormes. Viendo a su amigo contento con el regalo prometido Heraldo metió su otra mano por la parte delantera del pantalón, rompiendo por completo la bragueta y dándole con todo ese desespero, ese placer el cual había pedido Adelaida, mientras estaba siendo poseída por el placer dejo caer la bebida adulterada viendo hacía ese techo de cemento y llegando a la conclusión de que nunca antes la había pasado tan bien, así que extasiada se paró en ese lecho y se quitó de forma bailante la ropa mientras los dos hombres deseosos la miraba con sus ojos turbios. Se sentía feliz al ver como se reflejaba en esos rostros carentes de principios, en esos rostros carentes de una educación, donde la fama del sector popularizado no era más que el ser hombre era quien más follara. Negando este último rubro de la sociedad en la que pertenecía Adelaida caía abierta de piernas frete a estos dos descomunales hombres mientras su espalda se recargaba en esa pared fría. Ahí, en esa noche se estaba llenado de placer en el lugar secreto, ahí donde un año a tras había perdido la inocencia a escondidas de su madre Emperatriz, su fisonomía corporal había cambiado llegando a un estado muy corpulento para su poca edad, ya no habían rasgos de lo que era un niña de apenas 14 años, sus multitudinarios encuentros sexuales la habían llevado a tal deformación. Ahora estaba convertida en una mujer mayor para su edad, dando los grandes pasos, saltándose a momentos innecesarios llamándolos vida.
Al levantarse a la mañana siguiente vio el espacio desolador, era esa luz fuerte de medio día, ese medio día ya perdido, al verse estaba desnuda y sola, sus dos acompañantes la habían abandona en aquel tétrico lugar. Con las pocas fuerzas que le quedaban después de haber bebido toda esa ingesta de licor barato, recogió sus cosas, se medió alisto y se fue a su casa a buscar comida. Al llegar estaba Emperatriz vestida con su pantalón ligero y suéter de lana, estaba en la sala hecha un mar de lágrimas al no saber nada de su hija, a su lado su esposo intentando calmarla, todo ese sufrimiento ceso cuando vieron a la corpulenta mujer pasar hacía la cocina en busca de alimento.
De inmediato Emperatriz se enfilo a paso rápido y con represarías, de tras, su esposo.
¿Se puede saber dónde estaba? Le preguntaba Emperatriz halándola del brazo para que le diera la cara.
Esta volteándose con la olla del arroz en las manos se giró, y se quedó mirándola sin darle ninguna respuesta. Al verle el rostro de su hija de 14 años, lo vio fantasmal, era la pestañina pintándole hasta las ojeras, pálida y con el cabello revuelto, al acercarse para olerla percibió ese olor de agrio, parecía que se había bañado en licor, la miro lentamente y llena de ira alzo su mano contra su hija propinándole una gran bofetada, logrando con esta romperle la boca en seco.
La olla cayó al suelo y el rostro de la mujer colérica se veía envenenado, su hija la miró con los ojos cristalizados de momento, pero luego tocándose la cara le dio una leve sonrisa en señal de rebeldía.
¡Me arrepiento de haberte parido!- exclamo Emperatriz, y abalanzándose sobre ella la tomó por el cabello para terminarla de enderezar a los golpes.
De inmediato intervino Elías Casas, su esposo y padrastro de la menor, tomándola de la cintura por detrás la saco fuera de la cocina dejándola en el solar. Esta se retorcía envenenada del dolor del alma, y gritaba:
¡Suéltame Elías que la mato!
Ya basta mujer, mire como la dejo tendida en el suelo. ¡ya no más! Le decía mientras la miraba fijamente he impidiendo que tuviera cabida para seguirla golpeando.
Mientras la desgarrada madre se alejaba para la habitación matrimonial a lanzarse en la cama grande a llorar por la pérdida de su hija. Elías la atendía limpiándole la sangre del rostro.
¿usted donde estaba? ¿Dónde paso la noche? Le preguntaba mientras le pasaba el trapo mojado por las heridas.
La joven y rebelde adolecente lo miró mientras lloraba, y sentada le respondía:
Con Heraldo.
¿Cómo se va a ver con ese señor?, es muy viejo para usted y además tiene muchos problemas, es un mal sujeto, decía Elías brindándole una mirada tierna.
Era la mirada de un padre, era esa mirada que ella había querido desde siempre que fuera así sin necesidad de escuchar la verdad. Mientras el hombre corpulento le limpiaba las heridas ahí en solar, la joven recordó lo que nunca deseo escuchar.
Ese día en el mismo lugar, en ese solar lleno de plantas, en la mesa del comedor donde se pasaban en unas épocas remotas la tarde más deliciosas, mientras hacían las tareas, recordó cuando llego su madre esa tarde, y le dijo la verdad:
No te encariñes mucho con él que no es tú padre. Decía Emperatriz mientras asomaba la cabeza desde la cocina.
Eran las palabras que nunca olvidaría, el hombre con el que llevaba viviendo 13 años, el hombre que representaba ese papel ideal de padre, el que le había curado las heridas y velaba por su futuro, no era su verdadero padre. ¿Entonces dónde estaba su padre? Al pedirle respuesta a su madre está de forma burlona dejaba escapar todo su odio hacía ella, y hacía ese terrible momento que vivía, momento de mujer atrapada en un hogar, donde no sabía más que asear la casa , y tener la merienda a su esposo. Se había reprimido tanto que el odio crecía cada día, y este era más grande, negando la realidad de su propia culpabilidad.
Ahora era una mujer atrapada en un hogar con una hija reconocida por su segundo esposo y otra hija de ese compromiso. Tendida de día y de noche en el suelo para mantenerlo limpio, debía sostener un carácter reverencial a quien llevaba el alimento a casa, esperando que le llegará la muerte, y descubriéndolo con sus amantes y no solo eso, pasárselas por alto por el gran favor de darle el apellido a su hija ilegítima. Al saber esta realidad a tan temprana edad y con la influencia de Emperatriz sobre ella insistiéndole de día y de noche que tenía que odiar a Elías de la manera que ella lo odiaba por la sencilla razón de convertirla en una ama de casa de bien, brindándole todo lo necesario para ella y su hija. La veía no como una madre, si no como una mujer caprichosa sedienta de maldad con ganas de escapar de su hogar para vivir, para conocer hombres y alimentar su terrible ego de que los años a ella no le habían llegado, y que la tan llamada responsabilidad era para las mujeres estúpidas pero no para las mujeres bonitas, como ella y su hija.
Al ver lo que le hacía a Elías. Adelaida se preguntaba. ¿Por qué este hombre que no es mi padre aguanta todo lo que le hace mi madre? Al verle como le sanaba las heridas una vez más lo observaba con ojos de lastima. Pues vivía en una terrible invención. La mujer que arreglaba sus ropas y dormía todas las noches con él, gozaba de una segunda vida, una vida secreta y un plan para alejarse de él. Y aunque todos sus familiares le habían advertido de su compañía, y de la manera tan misteriosa en que llego Emperatriz a su vida con una niña de brazos con tan solo tres meses de nacida.
Este dejaba esos comentarios a un lado para lograr tener la paz del tan anhelado sueño, ese que llaman tener un hogar. Así que haciendo caso omiso seguía con el plan de tener una familia, así llegara en varias ocasiones y lo recibiera el talante de come mierda de su mujer. Elías había llegado a conseguir esa hermosa morada de una planta en un sector popularizado, esa casa pintada de color amarillo por fuera y con el techo de vigas entre puestas, por dentro era ese zaguán que llevaba hacía el gran solar, este era la unión de ese magnífico espacio, a su alrededor estaban las tres habitaciones, la cocina, los dos baños, la sala. Pero lo que más le hacía sentir orgulloso de su esfuerzo era el solar.
Abastecido de plantas y en el centro el largo comedor, donde recibía las aves en horas de la mañana, eso sí que era un espectáculo para él, con la tenencia de un perro y dos gatos, una economía estable, su esposa y su hija. Y los que vendrían a futuro. Por nada en el mundo deseaba echar todo a perder, si tenía que soportar a su misteriosa esposa, lo haría, todo por no perder lo que había conseguido con mucho esfuerzo. De todo esto se percataba Adelaida, de esa injusticia contra su padrastro, deseaba decirle lo que su madre en secreto le contaba, deseaba contarle, pero sabía que no le creería, ahora no era solo Emperatriz quien se sentía atrapada, era ella también, y más por el gran secreto.
Recordaba a su madre cuando entraba a su cuarto para decirle que no le contará a Elías donde había estado, cuando entraba para obligarla a que dijera mentiras, intentando analizar de una manera lógica no tenía por qué odiarlo, después de todo era un buen hombre. Pero su madre le exigía que si lo odiara. Así que tomando el trapo mojado con sus manos le dijo a Elías:
No sigas más pa….Elías, ya estoy mejor y levantándose de su puesto se marchó para asistir a la reunión de negocios que tenía programada.
Era la proposición más grande de su vida, su amante Heraldo se había ofrecido como su proxeneta, la había analizado muy bien, era una joven: con problemas de identidad, rebelde y caprichosa igual a su madre, narcisista hasta los cojones, adorándose a ella misma de día y de noche por gozar de una aparente hermosura por ser mujer, no porque la tuviera.
A tan corta edad y ya gozaba de un desorden mental, lo peor era que nadie se había percatado de la situación, y si la vieron venir, la negaron ya que era la salida más fácil para los problemas.
Elías la veía cuando salía hacía su habitación, la miraba con compasión y reconocía que aun que no era su hija merecía todo el cariño de su madre, así que fue a su cuarto matrimonial a buscarla, allí se internaba a llorar como una mujer indefensa.
Se va a volver a ir, vaya y hable con ella- le decía Elías parado en el umbral de la puerta de la habitación.
Está pegada a su almohada y con el mucho llanto le respondió:
Ahora no Elías, si sigo así le haré más daño al bebe que llevo dentro.
Estas palabras lo habían dejado sin aliento, era lo que deseaba, un hijo y además suyo, esto daba una vuelta a la historia,
¿Y cuándo me lo pensabas decir?- preguntaba el noble hombre mientras se sentaba en el borde de la cama para buscarle el rostro, y una respuesta.
Te lo iba a decir esta noche, era una sorpresa acompañada de una buena cena, decía Emperatriz mientras se limpiaba la nariz con el dorso de la mano.
Lo cierto era que no tenía escapatoria, sabía desde hace dos meses que estaba en estado de embarazo, su plan era deshacerse del feto, la idea de darle un hijo al hombre que se la pasaba engañándola no le agradaba, ya que por una circunstancia así había huido anteriormente con su bebe.
Pero al verse de nuevo tan atrapada, con una hija adolecente, y desobediente, le dio miedo que el buen Elías cambiara por alguna razón, o una amante, y las sacara a ella y a su hija a la calle.
Así que viendo el peligro que se avecinaba, una vez más estaba mintiendo.

Johanna Andrea Rodriguez Pico
Acerca de Johanna Andrea Rodriguez Pico 2 Articles
Escritora, emprendedora. Enamorada de Colombia, tengo 35 años, andariega de profesión, también cursando el ámbito jurídico donde se llevó a cabo varias investigaciones de tierras, diseñadora de calzado en crochet, bolsos y trajes de baño. Y trabajando en un nuevo proyecto que muy pronto se les contara. Colombia es de todos: Porque no sólo la corrupción está en las altas esferas como nos han contados. También está en eso pequeño que permites, y se engrandece por la forma en que lo alimentas, está en eso que enseñas a tus hijos el odio por su padre o su madre. En eso cuando engañas, en eso cuando robas. En esas pequeñas zorras que dañan la sociedad.
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