La política colombiana ha llegado a tales niveles de degradación, que no conformes con excluir del debate político los problemas reales del país, se acude a acciones y a estrategias propias de ambientes mafiosos en los que resulta tolerable cualquier instrumento para alcanzar objetivos. Aquí ya es común, por ejemplo, en medio del desesperado afán por ver al contrario en desgracia, trasladar la confrontación política a escenarios judiciales; y es común, además, la utilización de cualquier medio para hacerle imputaciones deshonrosas a un adversario, o para endilgarle la comisión de un delito. No importa que quien lo haga sea un político o uno de sus seguidores; no importa que no sea juez, que no medie condena o que no existan pruebas. Aquí solo importan dos cosas: impactar y dañar. De eso se trata, de conseguir un efecto que fortalezca la posición de quien injuria o calumnia. Y lo más grave es que lo consigue. […]