ADIÓS AL AMIGO Clic para tuitear
Iban a ser las seis de la mañana. La cortina del cuarto se encontraba descorrida y llovía mientras la niebla cubría el amanecer. Sonó el teléfono e intuí, antes de que mi mujer contestara, de qué se trataba. Luego sonó la respiración de ésta conmovida y confirmé mi primera impresión. Carlos acababa de fallecer. Sí, Carlos Holmes Trujillo García, el hombre que amaba la amistad y al amigo al igual que a las cosas buenas y nobles, había fallecido entre los rigores de un virus que contrae la sangre, la coagula y va estrujando al ser humano hasta quitarle la vida.
Miré en silencio el frío amanecer sin hablar. Mi mujer lloraba. La lluvia caía con tristeza en una ciudad dormida. Pero yo la sentía golpeando en mi cerebro, en mis sentidos y en un corazón lastimado por el golpe que acababa de recibir. Las lágrimas fluyeron como un manantial de rosas muertas, entre tanto en desfile pasaban los recuerdos. Pensé entonces que la amistad se sobrepone aun al amor, porque éste tiene un interés que se expresa y se reclama. La amistad es pura, sin precio. Es solo un sentimiento que nada exige y lo entrega todo.
A Carlos lo conocí desde niño y en la medida que crecía me fui identificando con su alegría. Sentía el regocijo de su corazón bajo el embrujo de un son que repetía: “Agüita de coco para pasar la sed,/ agüita de coco, yo tengo que beber…” Pero lo vi levantándose de la muchachada y distinguirse en el estudio, en la adopción de reglas de conducta y disciplina. Un día fui su jefe del debate para alcalde de Cali y después su Secretario de Gobierno. Se hicieron los Calis, que eran la descentralización de la administración. Aún existen con éxito. Y como no había dinero para esas obras, se levantaron en los calabozos que tenía la policía para las redadas. Y además como las pandillas juveniles no dejaban vivir, hizo polideportivos sin gastar un peso en los separadores de las grandes avenidas. En la calle 70 hubo cuatro, que rescataron una juventud perdida y volvieron a acreditar a Cali como la ciudad deportiva de América. Así fueron los Cais, sin que nada de esto costara un centavo al municipio.
Carlos de pronto se volvió un ministro polifacético –Educación, Interior, Relaciones Exteriores y Defensa fuera de Comisionado de Paz. Y su huella dejó muy alto el nombre de Colombia como embajador en los principales países de Europa. Nunca hablaba mal de nadie. Tampoco nadie se atrevió a calumniarlo con cosas de corrupción. Pero mantuvo el humor como una bandera y la solución a los más complejos problemas con su sola observación y su trabajo.
Habría sido un presidente ejemplar. Mas el destino le quitó la vida como a Luis Carlos Galán o a Jorge Eliécer Gaitán. Lo recordaremos como un símbolo y de su huella saldrán los caminos de las grandes rectificaciones.
Ahora debo recordar el poema de Neruda “Reunión bajo las nuevas banderas”, y con la voz estremecida, soltar mi congoja diciendo:
“!No, /Ya era tiempo, huid, / sombras de sangre, / hielos de estrella, retroceded al paso de los pasos humanos/ y alejad de mis pies la negra sombra/ Yo de los hombres tengo la misma mano herida, / yo sostengo la misma copa roja/ e igual asombro enfurecido: / Un día palpitante de sueños/ humanos, un salvaje / corcel ha llegado a mi devoradora noche/ para que junte mis pasos de lobo /a los pasos del hombre …”



